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San Vitaliano nació en la segunda mitad del siglo VI. Siendo joven se fue al monasterio del beato Cerinto, cerca de la ciudad de Gaza en Tierra Santa. Ahí llevaba una austera vida monacal durante muchos años. A la edad de 60 años Vitaliano dejó el monasterio y se fue a Alejandría. En aquella época encabezaba la Iglesia de Alejandría el patriarca Juan, llamado Misericordioso (años 609-620), conocido por su santa vida. En Alejandría Vitaliano empezó con un esfuerzo espiritual poco común, la salvación de las mujeres de mala vida de esta ciudad. Alquilaba un departamento. El monje Vitaliano trabajaba como jornalero y por la noche visitaba las casas donde trabajaban las mujeres de mala vida. Cuando entraba a la habitación de una de estas mujeres el entregaba la plata que ganaba durante el día y trataba de convencerla a dejar el oficio que ella ejercía. Después Vitaliano se arrodillaba y rezaba a Dios, mientras la mujer dormía. Pasaba que la mujer tocada por sus palabras y viéndolo rezar mucho empezaba a arrepentirse, se arrodillaba y empezaba a rezar. Por la mañana, antes de ir a trabajar Vitaliano hacia jurar a las mujeres que ellas no divulgarían los pormenores de su visita. Vitaliano tenía una libreta donde anotaba a todas las mujeres de mala vida que el conocía. Siempre las nombraba en sus oraciones.

Fueron varios años que Vitaliano llevaba este, poco común, modo de vivir. Los habitantes de la ciudad estaban indignados por el modo de vida indecoroso del monje y se enojaban con él. Una vez un indignado joven golpeó a Vitaliano sobre el cuello, gritando: "¡Vos avergonzáis la orden monacal y el nombre cristiano!.” El beato Vitaliano soportaba con humildad todos los reproches, burlas y golpes, pidiendo a los que lo ofendían que no lo juzguen. Finalmente los clérigos de Alejandría se quejaron al patriarca Juan contra Vitaliano. Pero el patriarca dejó su petición sin respuesta. Mientras tanto las buenas palabras, las oraciones y la vida ejemplar de Vitaliano tenían una buena influencia sobre muchas mujeres de mala vida Unas se fueran al monasterio, otras se casaron, otras empezaron a trabajar honestamente. Cuando beato Vitaliano falleció, lo encontraron arrodillado ante el icono. En las manos tenía hoja de papel sobre el cual fue escrito: ” ¡Habitantes de Alejandría! No enjuicien al prójimo porque les parece que es pecador. No enjuicien a nadie antes del juicio de Dios." Antes del sepelio de Vitaliano, las mujeres que el llevó al buen camino se juntaron y dijeron al patriarca Juan y a mucha gente sobre la vida virtuosa del monje Vitaliano. Entonces muchos se avergonzaron por ofender a un hombre justo. El mismo patriarca Juan presidía el acto del sepelio del beato Vitaliano. Durante y después del sepelio se curaron muchos enfermos con tocar las reliquias del beato Vitaliano.

Así, el poco común esfuerzo espiritual del beato Vitaliano enseñó a muchos a no apurarse a enjuiciar al prójimo. En realidad nosotros solamente vemos el exterior del hombre, pero no sabemos lo que este hombre tiene sobre su corazón. Hay un dicho: “No juzguen al otro, para no ser juzgados.”

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