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La devota y piadosa doncella Antonina era procedente de Tracia en aquel entonces dominio de Roma, y actualmente Bulgaria. Durante el imperio de Majencio (año 305-312) a Antonina la llevaron ante el gobernante, el cual trataba de convencerla para que realice sacrificios ante los ídolos. Después de que Antonina se negara con decisión la martirizaron y la sometieron a humillaciones y ultrajes. El joven soldado Alejandro de 23 años de edad, lleno de una ferviente fe en Cristo, se decidió liberar a la santa mártir del vergonzoso encierro. Él entró a donde se encontraba la santa doncella y le ofreció su vestimenta, Antonina se vistió con ella y se marcho sin obstáculos. Al descubrirse el acto generoso del soldado, lo sometieron a grandes suplicios.

Entonces Santa Antonina volvió por su propia voluntad, para compartir con su salvador la corona del martirio. A los Santos Mártires, después de bañarlos con alquitrán, los pusieron en un pozo ardiente, luego lo taparon con tierra. Posteriormente sus santos restos, célebres por los milagros, fueron trasladados al monasterio de Máximo en Constantinopla.

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