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San Philareto nació a principios del siglo VIII en la región de Paflagonia en Asia Menor (actualmente Turquía.) Fue un hombre rico y notable. Sus devotos padres le enseñaron el amor a Dios y piedad a los hombres desde su infancia. El conservó hasta su vejez estas buenas cualidades; vivía feliz con su esposa de la cual tuvo un hijo y dos hijas. A pesar de ser muy rico y de vivir en la opulencia el no se hizo insensible a los necesitados, — como pasa con mucha gente en estas mismas condiciones, al contrario el tenía lástima a los que sufren y se preocupaba de ayudarles. Se acordaba que la fe sin buenas acciones está muerta. Muchos mendigos locales, las viudas y los huérfanos lo conocían como un hombre suave y generoso benefactor.

Así pasaron muchos años. Pero Dios puso a prueba al justo Philareto quien tuvo que pasar por una prueba como hace tiempo haya sufrido Job. Repentinamente árabes (de Ismailia asaltaron la región donde vivía el justo Philareto y la devastaron. Se llevaron a sus esclavos, se apropiaron de sus rebaños y ocuparon sus campos. Solamente le quedó su casa con un pequeño campo y una junta de bueyes. Sin quejarse por su desgracia, diciendo como antaño Job: “El Dios dio, el Dios se llevó. Que sea bendito Su nombre!”

Y el justo Philareto tuvo que trabajar mucho para vivir, conoció la pobreza y la amargura. A pesar de todas estas pruebas, el justo Philareto no se endureció. Seguía teniendo lástima a los sufrientes y ayudaba a los necesitados, — a medida de sus posibilidades. Cuando a su pobre vecino se le murió su único buey y le pidió su ayuda, el justo le dio uno de sus dos bueyes. Muy pronto, en la circunstancia parecida Philareto dio a su segundo buey. La mujer de Philareto le reprochaba que el tenia más lástima por otros que por su propia familia. Al justo le dolía escuchar estos reproches, pero él no podía negarse a los que pedían, esperando que el Señor no lo deje sin Su ayuda. Muchas veces el se sacaba la ropa y la entregaba a los necesitados. Después de hacer una obra buena tenía que escuchar en su casa los reproches de su mujer y ver las lágrimas en los ojos de sus hijos.

Así la familia de Philareto se empobreció completamente. Algunas veces los vecinos, por piedad a su familia, les daban pan o harina. Pero el misericordioso Dios no permitió que el justo sufra más de lo que el podía. Decidió terminar con sus sufrimientos y recompensar a Philareto por su paciencia y buen corazón. Así sucedió.

La emperatriz Irene, quien gobernaba con su hijo Constantino VI (años 780-797) en Constantinopla, decidió casarlo. Por esta razón ella envió a los nobles a las ciudades y aldeas de su imperio para que encuentren a las más hermosas e inteligentes jóvenes, entre las cuales el emperador podría elegir a su prometida. Los enviados llegaron también al lugar donde vivía el justo Philareto. De acuerdo a su costumbre Philareto se apuró de ofrecerles la hospitalidad en su casa, — anteriormente rica y ahora pobre. Por la comida de ilustres visitantes se preocuparon los buenos vecinos. Explicando la razón de su llegada los enviados imperiales preguntaron sobre la familia de Philareto. Además del hijo e hijas él tenía tres hermosas nietas. Cuando las vieron, los visitantes se impresionaron con la belleza y humildad de una de ellas — María, obligando al justo Philareto a aceptar irse con toda su familia a Constantinopla, para presentarlos ante la emperatriz.

La hermosa María educada en humildad y sabiduría y por naturaleza dócil y callada cautivó al emperador Constantino y pronto se convirtió en su esposa, y así el justo Philareto se convirtió en el abuelo de la emperatriz. Siendo él cercano pariente del emperador le fueron regaladas casas y ricas estancias. Tuvo favores y estima. Pronto se casaron las otras dos nietas del venerado Philareto. Todos estos felices cambios en su vida venerable Philareto recibió con agradecimiento, como el regalo de Dios. La esposa y toda la familia del venerable Philareto, teniendo vergüenza por sus reproches, lo rodearon con cariño y respeto. En sus nuevas condiciones de vida, en la capital, el venerable Philareto no se olvidaba de los mendigos e infortunados y les ayudaba de sus ricas posesiones.

Vivió muchos años. Le fue revelado sobre su pronta muerte y llamó a su esposa, hijos y nietos para decirles que se iría pronto. Despidiéndose el venerable Philareto los bendijo diciendo: "Ustedes saben y han visto mi vida. Primeramente Dios me dio riqueza, después me probó con miseria y viendo que yo pacientemente y sin quejarme soportaba lo que enviaba El, nuevamente me dio la gloria terrenal y me sentó con los emperadores y grandes de este mundo. Pero yo no guardaba mi riqueza en los baúles. Estas riquezas las enviaba a Dios por el intermedio de los pobres y los que sufren. Les pido que no se olviden de la misericordia, defiendan a las viudas y a los huérfanos, visiten a los enfermos y a los que están en las cárceles, no falten a las reuniones en las iglesias, no se apropien de lo ajeno, no ofendan a nadie, no hablen mal de otros, no se alegren de la desgracia ajena, ni de los amigos, tampoco de enemigos, recen por los muertos y no se olviden de mi, pecador, en vuestras oraciones.” Después, con las palabras “Que se haga Tu voluntad” — el venerable Philareto falleció en el año 792. El emperador con la emperatriz, los nobles, la gente de alcurnia y los mendigos llorando acompañaron sus restos al lugar del sepelio en el convento del Juicio Final en Constantinopla. Durante muchas generaciones, los habitantes de Constantinopla recordaban la caridad del venerado Philareto.

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